Santidad

Como el santo de la historia

Érase una vez un hombre piadoso que hasta los ángeles se alegraban viéndolo. Pero, a pesar de su enorme santidad, no tenía ni idea de que era un santo.

Él se limitaba a cumplir sus humildes obligaciones, difundiendo en torno suyo la bondad de la misma manera que las flores difunden su fragancia, o las lámparas su luz.

Su santidad consistía en que no tenía en cuenta el pasado de los demás, sino que tomaba a todo el mundo tal como era en ese momento. Por encima de la apariencia de cada persona, se fijaba en lo más profundo de su ser, donde todos eran inocentes y honrados y demasiado ignorantes para saber lo que hacían. Por eso amaba y perdonaba a todo el mundo, y no pensaba que hubiera en ello nada de extraordinario, porque era la consecuencia lógica de su manera de ver a la gente.

Un día le dijo un ángel: «Dios me ha enviado a ti. Pide lo que desees y te será concedido. ¿Deseas, tal vez, tener el don de curar?». «No» —respondió el hombre—, «preferiría que fuera el propio Dios quien lo hiciera».

«¿Quizá te gustaría devolver a los pecadores al camino recto?». «No» —respondió—, «no es para mí eso de conmover los corazones humanos. Eso es propio de los ángeles». «¿Preferirías ser tal modelo de virtud que suscitaras en la gente el deseo de imitarte?». «No» —dijo el santo—, «porque eso me convertiría en el centro de atención.»

«Entonces ¿qué es lo que deseas?» —preguntó el ángel. «La gracia de Dios» —respondió él. «Teniendo eso, no deseo tener nada más.» «No» —le dijo el ángel—, «tienes que pedir algún milagro, de lo contrario se te concederá cualquiera de ellos, no sé cuál…». «Está bien; si es así, pediré lo siguiente: deseo que se realice el bien a través de mí sin que yo me dé cuenta.»

De modo que se decretó que la sombra de aquel santo varón, con tal que quedara detrás de él, estuviera dotada de propiedades curativas. Y así, cayera donde cayera su sombra —y siempre que fuese a su espalda—, los enfermos quedarían curados, el suelo se haría fértil, las fuentes nacerían a la vida y recobrarían la alegría los rostros de los agobiados.

Pero el santo no se enteraba de ello, porque la atención de la gente se centraba de tal modo en su sombra que se olvidaban de él; de este modo se cumplió con creces su deseo de que se realizara el bien a través de él y se olvidaran de su persona.

Bien dice el salmo: «La gloria, Señor, no es para nosotros; no es para nosotros, sino para tu nombre…» (Sal 115.1). Esa debe ser la búsqueda del liderazgo cristiano: que la gloria de Cristo se haga visible y su nombre sea exaltado.

El autor es consultor de Relaciones Eclesiásticas e Impacto Cristiano para América Latina y el Caribe de Visión Mundial Internacional.©DesarrolloCristiano.com Apuntes Pastorales Volumen XXI – Número 4

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